Si creyese en la reencarnación del Hinduismo probablemente desearía volver a nacer como un americano. De hecho soy de los que consideran que la mayor parte del acervo cultural occidental se lo debemos a los anglosajones. Quizá de mi supuesto americanismo venga esta afición por cambiar de aires cada cierto tiempo. Unas veces, en realidad todas, he decidido llamar a los operarios de mudanzas e irme a otra bitácora. En verdad que me entusiasma escribir en un blog, utilizando la terminología anglosajona al uso. Desde que por septiembre de 2007 me animé a escribir en diversos foros de la politizada Comunidad de El País uno ha aprendido, ha madurado y ha conocido a mucha gente simpática -y no tan simpática-. Ocurre que de vez en cuando me doy por los grandes períodos de descanso, por poner la cabeza a remojo y las ideas en barbecho posiblemente por que me quedo sin ideas y tampoco esto consiste en aburrir al modesto número de visitantes que leen mis escritos. Otras veces es que simplemente ando liado con mi vida académica, o simple y llanamente tengo cosas más entretenidas, como el leer.
Lo cierto es que de un modo u otro estoy en la recta final de mi carrera universitaria. Estos últimos cuatro años en Santiago han sido por el momento los mejores de mi vida. Dentro de uno, o con mala pata, dos años tendré que tomar una decisión acerca de mi futuro académico y profesional. Está claro que todos los estudios de posgrado llevan a Madrid o a Barcelona, y con fortuna, es decir con suerte y dinero, quizás al extranjero. De momento tocará escudriñar los horizontes plausibles de la profesión del jurista, por eso mismo he decidido darle este lavado de cara a mi bitácora, para encontrarme a mí mismo. Abreviando, esto tiene visos de comenzar a marchas forzadas debido a que los días de febrero son poco propicios para aventuras blogueras. Hasta finales de febrero no creo que me ponga con el resto de cosas que han quedado pendientes de un cambio de imagen, así que me huelo que en ese ínterin no publicaré ningún escrito.
De todas formas pueden quedar tranquilos ya que el que les escribe hará acto de aparición en cuanto las vicisitudes del atentar matrimonio y de las operaciones vinculadas le permitan hacer frente a sus quehaceres blogueros.
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La educación y los buenos modales no tienen por que rivalizar con la libertad de palabra.